GORDA, FEA Y TRISTE

Harlem. 1987. Una adolescente de 17 años victima de incesto, espera el segundo hijo de su padre y convive con su madre que la explota y la agrede física y verbalmente. La expulsan de la escuela. Es difícil concebir más calamidades (que las hay, pero no conviene revelarlas). La película se inspira en la novela Push de Sapphire, una poetisa afroamericana que la escribió en primera persona y apelando al fluir de la conciencia, para describir la prisión virtual que el entorno significaba para la protagonista. La película resultante fue dirigida por Lee Daniels, un director con al menos dos títulos interesantes en su carrera. En este caso, libreto y película no escatiman ninguna herida. Los golpes de tristeza se descargan sobre el personaje principal (y de rebote sobre el espectador) sin que nada los amortigüe, llevando el límite del melodrama hasta el fondo de lo verosímil. Porque todo está narrado desde el punto de vista de la protagonista y la pequeñez de su mundo, que en poco supera al apartamento mínimo en el que su madre la mandonea y golpea a gusto.

Tiene dos vías de escape. La primera, muy bien resuelta por el director, es el escape imaginario. Precious sueña con ser flaca, blanca, bella y querida y esas imágenes la secuestran desde un álbum de fotos o desde el espejo. Pero la realidad es tirana y los ensueños se espacian cada vez más ante la catarata de desajustes que hacen su vida. Hay un segundo escape, que la película va construyendo con dificultad, porque, parece decirnos, en este mundo miserable siempre hay opciones. La protagonista logra acceder a la educación y construir un mínimo universo de convivencia con profesores, compañeros de clase y amigos y salir del microcosmos opresivo en que se ha desarrollado su vida. A pesar de lo devastador del planteo, la película logra atrapar al espectador, es cierto que tal vez le sobren unos minutos y más condensación del material hubiera mejorado el todo, pero, larguezas aparte, el director logra salir airoso de una apuesta triple. La película supera el mero melodrama (aunque lo es, y de los muy buenos) a través de un libreto contundente que apuntala un estilo sin tregua. Todos los planos incluyen la presencia masiva de la protagonista, enmarcada por la cámara en sus peores ángulos.

Porque no hay belleza física alguna en la película y cuando ésta intenta ser recreada imaginariamente sólo se transmite lo grotesco del movimiento resultante.

Pero por encima de todo esto y de la desoladora circunstancia que visita y revisita, la película propone un camino de trascendencia de la mera circunstancia, un obstinarse en la búsqueda de una vía de salida y una confianza cansina y escéptica en la capacidad de la protagonista por salir adelante.

Tal vez por esto, Precious, la película, logra superar la resistencia inicial que el devastador planteo del comienzo supone. Es un típico producto de cine independiente, del que uno agradece que exista, en medio de tantos dólares y efectos especiales. Triunfó en Sundance, muy merecidamente. Vale la pena.