ALLEN POR ALLEN

La paradoja de Woody Allen reside en que, a pesar de las décadas que pasó recostado en el diván de un terapeuta –tal como ha confesado el cineasta neoyorquino– con la esperanza incierta de llegar a dominar sus angustias existenciales, ha sido en el cine, en cada una de las 40 películas que ha dirigido hasta el presente, donde mejor ha sabido exorcizar los demonios nacidos de su condición de hombre, de artista, en permanente conflicto con la realidad, bien sea para burlarse del sinsentido humano o llorar con él.
El escritor estadounidense Kurt Vonnegut dijo que el humor es una respuesta fisiológica al miedo. Si tomáramos por cierta esta expresión, deberíamos aceptar que Allen no es más que un ser temeroso. Un humorista genial, sí, pero espantado –y también seducido– por los fantasmas y las obsesiones que él mismo se ha creado: el sexo, la religión, las relaciones de pareja, la dualidad verdad/ilusión, la ambición, el arte, la creación y sus cortapisas, Nueva York, el jazz, Ingmar Bergman, el amor, la vida y otros trastornos emocionales.
Y cuando se trata de entender la compleja personalidad de Allen simplemente hay que remitirse a sus películas, a las que él protagoniza y aun a aquellas en las que no actúa. Por ejemplo, en Annie Hall (1977) está el amante inseguro; en Interiores (1978), el ferviente discípulo de Bergman; en Manhattan (1979), el amante de Nueva York y de la música de Gershwin, y en Hannah y sus hermanas (1986), el intelectual que se pregunta sobre la existencia de Dios y al que le es imposible ser fiel.

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PESIMISTA, INTELIGENTE Y SABIA

“Cuando un viejo ya no puede dar malos ejemplos, empieza a dar buenos consejos” sentenció La Rochefoucauld, el más sabio de los moralistas franceses. La máxima le viene al dedo a Woody Allen y en especial a sus últimas entregas porque, de un buen tiempo a esta parte, su cine, que comenzó con comedias locas, desopilantes y disparatadas allá por los sesenta, ha devenido, como el buen vino, en películas que esconden, tras una trama que se cuela rápida, reflexiones mayores y más bien amargas sobre la condición humana. Se sabe que el humor es, no tan en el fondo, una cosa seria. Y del humor y de sus primeras obras, Allen ha conservado el gusto por los dramas de personajes múltiples que deambulan por una ciudad alternando dramas cotidianos con metafísica. El dato del caso es que esa ciudad, alguna vez fue Nueva York, pero ha pasado a ser Barcelona, Londres y París y que esos dramas que en el pasado tenían al propio Allen como desdichado centro estelar, se han desplazado hacia alter egos que no en vano, encarnan una tercera edad que espanta al director. Allen, que antes se reía de sí mismo, hoy encuentra y reparte su sabiduría en dramas que no lo tienen como protagonista. Así como las humoradas allenianas de los setenta apuntaban al absurdo de la existencia, frivolizándolo en vahos de neurosis neoyorquinas, el Allen de hoy, se interna en esos laberintos, para encontrar el ridículo, la muerte, la traición y la caída moral.

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ILUSIONES Y VERDADES

Al principio suena el tema musical de Disneylandia. Bienvenido al mundo de la fantasía Un poco después reconocemos le melodía de Only you. Ante las penas del amor y las insatisfacciones de la vida, cada cual arma una mentira disfrazada de ilusión. En el fondo se trata de una visión ingenua del egoísmo, traducida en la incapacidad de comprender al otro, a veces, y en la necesidad de superar las propias limitaciones, en otras ocasiones. De eso trata Conocerás al hombre de tus sueños, cuarto largometraje de Woody Allen filmado en Londres, en su etapa distanciada de Estados Unidos. En el juego de las mentiras y las verdades todo se confunde y se trastoca. Viejo tema del cineasta neoyorquino, manifestado en piezas notables como La rosa púrpura de El Cairo(1985), Hanna y sus hermanas (1986), Crímenes y pecados (1989) y Maridos y esposas(1992), cuatro de sus filmes dedicados a las angustias de la afectividad. De nuevo la relación de pareja adquiere relieve a través de un drama amoroso escudado en las fórmulas de la comedia. Otra vez las sonrisas esconden el dolor. De ilusiones también se vive.

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Atom Egoyan dirige a Julianne Moore y Amanda Seyfried
TRANSACCIÓN DE DESEOS

Quienes hayan tenido la posibilidad de ver alguna de las películas del cineasta canadiense de origen armenio Atom Egoyan -Speaking Parts, Exótica, Sweet Hereafter o El viaje de Felicia- coincidirán conmigo que el elemento más destacado de su hacer artístico está en la elegancia, la sobriedad, el distanciamiento y, paradójicamente, el sustrato psicológico de sus puestas en escena.

Egoyan es el cineasta de los deseos, de aquellos que afloran para contravenir las normas de conducta socialmente aceptadas o de los que se ocultan para mantener el precario equilibrio de una existencia tenida como “normal”. Por eso, sus personajes se mueven entre las medias verdades, entre lo falso y lo real, y actúan como si el rumbo de sus existencias estuviera señalado por un verbo condicional: “¿Qué hubiera pasado si…?”.

En sus obras, el artista coquetea con los códigos del melodrama, pero aporta a este género una mirada absolutamente moderna, desprovista de cualquier intención sensiblera y permeada por el carácter dubitativo, desconfiado, paranoico e impersonal de las relaciones humanas en esta era de la comunicación inmediata (Internet, Facebook, Twitter).
A los ojos de Egoyan, cada historia, cada película, es una oportunidad para revisar los antecedentes emocionales de los personajes y la manera como estos condicionan, en presente, la expresión de sus sentimientos y sus acciones.

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El hastío

Muy a pesar de Hollywood, el amor y su contrario ¬el desamor¬ son temas de una originalidad inagotable cuando se hace el esfuerzo de sacarlos de los esquemas narrativos y dramáticos convencionales para acercarlos a estamentos humanos mucho más profundos o para convertirlos en expresión de sensaciones menos epidérmicas que la traición y los celos.

El niño prodigio del cine estadounidense Derek Cianfrance, que dirigió su primera película a los 13 años de edad, demuestra con Corazones rotos (Blue Valentine) que es posible contravenir la tradición sin desviarse de los temas fundamentales. Todo es cuestión de hallar la perspectiva adecuada y de saber plasmarla con honestidad.

Y es que en mentes más perezosas y acomodaticias, la historia de Corazones rotos habría desembocado en un melodrama previsible y aburrido. El filme, que se exhibe dentro de la programación del Festival de Cine Independiente USA 2011, describe con la elegancia que caracteriza a las grandes piezas cinematográficas el proceso de desgaste de una pareja a la que la convivencia mutua ya no satisface.

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A SANGRE FRÍA

Esta película es un verdadero hallazgo. En 2006 —un año después de estrenarse Capote, la película de Bennet Miller que le valió un Oscar a Philip Seymour Hoffman por su genial interpretación del escritor norteamericano— se estrenó esta Infame del guionista devenido en director Douglas McGrath con el singular protagonismo de Toby Jones como Capote en el proceso de escribir su más célebre novela: A sangre fría. La comparación es inevitable pero también irrelevante. Las dos obras tratan el mismo tema con el mismo personaje. Ambos filmes son excelentes y cuentan con actuaciones sorprendentes. Tal vez la diferencia se sitúe en la actitud más riesgosa de Infame, que muestra un Capote ambiguo en sus afectos, más frívolo en sus maneras, más abrumado por su propia inseguridad. En la presentación inicial, los títulos juegan con la palabra Famous (famoso) que se convierte en Infamous (infame), un giro que prefigura el tono del relato que sigue. Una apertura que marca la dimensión de una película que, repito, es un verdadero hallazgo.

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UN AMOR SIN FUTURO

En Corazones rotos (Blue Valentine, 2010) hay una escena en la que Dean (Ryan Goslin), que está haciendo una reservación en un hotel de paso, le pregunta a su esposa, Cindy (Michelle Williams): “¿Quieres el Nido de Amor o quieres la habitación del futuro?” A falta de una respuesta clara él decide: “Recoge tus cosas, mi amor. ¡Vamos al futuro!”.

Hay una cruel ironía en ese diálogo. En la cinta de Derek Cianfrance, que fue seleccionada para los festivales de Sundance y de Cannes, y por la que Williams fue nominada al Oscar a la mejor actriz principal este año, si algo define el amor es la imposibilidad de futuro. Es un sentimiento que nace del jugueteo con el que Dean conquista a la chica seria que es Cindy, y que mantiene viva su intensidad en la relación del padre con la hija. Pero no puede devenir en progreso que haga crecer esos sentimientos. ¿En qué otra cosa podría convertirse ese amor?

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EL TEDIO DE LA FAMA

A pesar de ser hija de uno de los cineastas más importantes de la producción norteamericana de los últimos cincuenta años, Sofía Coppola ha labrado una carrera propia como directora y guionista que si bien es breve —apenas cuatro largometrajes— posee elementos de mucha fuerza a la hora de definir un estilo. En Las vírgenes suicidas (“The virgin suicides”, 2000) exploró las necesidades afectivas de un grupo de hermanas adolescentes ante la rigidez de sus padres, mientras en Perdidos en Tokio (“Lost in translation”, 2003) destacó los nexos afectivos entre un hombre cincuentón y una mujer muy joven, más allá de la atracción sexual,  que le valió el Oscar a su guión original. Luego trastabilló con María Antonieta (Marie Antoinette, 2006), biografía de la reina que atravesó la caída de la monarquía francesa. Como suerte de reivindicación, la hija de Francis Ford Coppola regresó al universo que mejor conoce —las intimidades de los ricos y famosos— a través de En algún lugar del corazón (“Somewhere”, 2010) que ganó el León de Oro del Festival de Venecia del año pasado, fue postulada a los premios de la Academia este año y recibió muy buenos comentarios por parte de los críticos norteamericanos. El vacío de la existencia y la necesidad de trascender son sus áreas vitales más importantes.

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PARA SALIR DE LA DOLCE VITA

La referencia a Perdidos en Tokio (Lost in Translation, 2003) es obvia en la más reciente película de la guionista y directora, Sofia Coppola, Somewhere (2010), insólitamente titulada en español En un rincón del corazón y que ganó el León de Oro en el Festival de Venecia en 2010. Las dos tratan de una estrella de cine cuya vida se encuentra atascada en un hotel y que experimenta una angustiosa sensación de vacío. Si en la primera Charlotte (personaje interpretado por Scarlett Johansson) considera que comprarse un Porsche es síntoma de una crisis como la que padece Bob Harris (Bill Murray), Johnny Marco (Stephen Dorff), el protagonista de Somewhere, da vueltas en círculos por una pista al comienzo en un carro negro de esa marca. Es evidente también la impronta de un filme del cual ambas son deudoras: La dolce vita (1959) de Federico Fellini, cuya más célebre secuencia, la de Anita Ekberg en la fuente de Trevi, ve por televisión en su cuarto Bob Harris. Hay un momento que aspira a alcanzar ese grado de ridículo en Somewhere: la entrega de los premios Telegatto.

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UNA VISIÓN MUY AZUL

La infancia es el primer misterio que atravesamos. Marca nuestra personalidad y permanece en la memoria involuntaria. Desde ese territorio distante, un pintor de setenta y un años reencuentra el sentido de la vida. Una niña de ocho años le muestra caminos distintos que le permiten enfrentar su incipiente ceguera. Son dos seres ubicados en las antípodas que se van acercando efectivamente para superar sus soledades. Tras enviudar, Rufino ha iniciado su viaje de retorno a sus orígenes, a su juventud y al pueblo costeño donde conoció a su esposa y donde se inició como artista, mientras Ana E apenas ha descubierto la memoria inmediata y vive su presente intensamente sin importarle lo que le deparará el futuro. Esa relación de enfrentamiento, primero, y de afinidades, después, conforma el eje medular de Una mirada al mar, film de la venezolana Andrea Ríos que hace honor al horizonte finito de la vida.

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